la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





JOAN BAEZ: UNDER THE BOMBS - BAJO EL BOMBARDEO, Hanoi, December - Diciembre 1972 / Ed. Escritoras Unidas & Cía. Editoras, October-Octubre 2017






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BAJO EL BOMBARDEO



La famosa cantante folklórica y pacifista Joan Báez dio una charla en la Iglesia Memorial de Stanford  de Palo Alto (California, Estados Unidos) el 12 de enero de 1973, hablando de su estadía de dos semanas en Hanoi. Viajó en compañía del Brigadier General retirado Telford Taylor, el Rev. Michael Allen y Barry Romo de VVAW con el propósito de entregar más de 600 cartas dirigidas a prisioneros de guerra estadounidenses. La comitiva llegó a Vietnam del Norte el 17 de diciembre. El viaje, que fue auspiciado por el Comité de Enlace, fue interrumpido el segundo día a raíz del bombardeo más intenso que se había registrado en toda la guerra.

Aquí transcribimos parte de la charla dada en Stanford; la cinta magnetofónica original y el registro de las preguntas y respuestas que siguieron luego pueden pedirse al Institute.




BAJO EL BOMBARDEO
Hanoi, diciembre de 1972



Esta última Navidad me hicieron un regalo. Fue el regalo más bello que recibí alguna vez en mi vida, con la excepción de mi hijo. El regalo consistió en la posibilidad de compartir con el pueblo vietnamita una pequeña parte de las agonías que les venimos proporcionando durante los últimos ocho años.

Durante los once días de bombardeo navideño pude gozar del efecto del 60% de nuestros impuestos, que se canalizan hacia un eufemismo conocido con el  nombre de “Defense Departmen” (Ministerio de Defensa). Pude obtener una nueva perspectiva sobre el significado de aquel nombre.

Durante los once días que experimenté la vida en Hanoi, las cosas que sentí y vi, pensé y olí me resultaron atroces, aterrorizantes y me partían el alma; me resultaron imposibles de asimilar entonces, y aún hoy sigo sin poder asimilarlas la mayor parte del día y la mayor parte de mis horas de sueño.

Este regalo me ha hecho testigo de esta guerra, y desde ese lugar quiero contarles algunas de las cosas que vi y sentí.

Cuando llegamos a Hanoi se nos llevó  a cada uno por separado, a fin de que pudiéramos obtener la mayor información posible. Mantuve una conversación muy interesante con un hombre llamado Quat, el líder del grupo. Le dije que yo era pacifista y que de ninguna manera había viajado a su país a decirle lo que tenía que hacer; por el contrario, había viajado para averiguar, desde su punto de vista, lo que nosotros, los estadounidenses, debíamos hacer mejor. Quat se mostró muy respetuoso durante toda mi estadía en Hanoi en relación a mis opiniones e ideas; nunca me llevó a mí, ni al grupo, a ver un bombardero B-52 derribado para no correr el riesgo de herir nuestro orgullo.

La segunda noche en Hanoi estábamos en una habitación del hotel, mirando una película sobre gases tóxicos, de los que el Defense Department estadounidense afirma que no son tóxicos. Veíamos cómo unos monos echaban espuma por la boca y morían al cabo de doce segundos, y cómo pasaba lo mismo con gatos, cuando de repente escuchamos un ruido. Fue un sonido que me transportó de vuelta al cuarto grado de la escuela primaria, un sonido que ordenaba: “Métete debajo del escrito”. Sin embargo, esta vez no
había escritorio, y no estaba en cuarto grado: era real. (NdT: Se refiere a la sirena que avisa del bombardeo aéreo. Cuando ella asistía a la escuela primaria aprendió, junto con sus compañeras y compañeros, a saltar y esconderse debajo del escritorio de la sala al sonar la alarma.

Según su costumbre, los vietnamitas nos dijeron: “Ay, disculpen, es un ataque”. 

Dije: “¿Disculpar A QUIEN por el ataque?”


©1973 Joan Baez
Under the bombs - Bajo el bombardeo (fragmento)

Publicado por el  Institute for the Study of Non-Violence - Instituto para el 
Estudio de la No-Violencia
California, Estados Unidos, 1973



Edición Digital: Escritoras Unidas & Cía. Editoras, octubre 2017


















TORONTO: Desde Agnes Varda hasta Guillermo del Toro por Luis Sedgwick Baez / 12 de octubre de 2017






Llegar a Toronto es acoplarse a la rutina habitual: sortear los filmes a ver de un catálogo/ mamotreto de 376 páginas, o los recomendados por los colegas a lo largo del camino, desechar los cientos de mensajes de los distribuidores, publicistas, relacionistas públicos para asistir a tal o cual proyección que ellos desean publicitar, responder a las invitaciones a las fiestas, observar cómo ha cambiado el “paisaje urbano” como diría Fernando del Paso, el escritor, dialogar con las mismas caras de siempre ( algunas nuevas), comprobar que la tribu de fanáticos siguen apostándose a las salidas de los hoteles a fin de captar a alguna superestrella emerger, por minutos,  rodeada de guardaespaldas e introducirse en una limusina infranqueable. Los lugareños, felices al enterarse que su ciudad, Toronto, fue elegida por “The Economist” como una de las diez ciudades de mayor calidad de vida.


Agnes Varda


Días antes, recibo un correo de una miembro de la Junta Directiva del TIFF (Festival Internacional de Cine de Toronto) que me pide transmitir la información siguiente (lo haré en forma sucinta y con mucho gusto):

-        “De los 250 films dirigidos en 2016 sólo el 7% fueron dirigidos por mujeres; de los 100 films relevantes en 2016, sólo el 29% fueron protagonistas las mujeres; de los 100 films más importantes del 2016 las mujeres representaron sólo el 32% de los personajes hablados; el TIFF ha anunciado una meta de aumentar la participación femenina frente y detrás de las cámaras, de invertir y aupar a directoras emergentes, desarrollar una serie de conferencias sobre mujeres en la industria y otorgar recursos para profesores a fin de apoyar cursos y discusión de las mujeres en el ámbito cinematográfico. Para hacer esto realidad, es necesario conseguir 500 mil dólares canadienses durante 2017……….”


Todo este introito me retrotrae a Platón que hace dos mil años abogaba por la igualdad de los sexos, posición contraria a la de su maestro Aristóteles que se oponía a ello (No hay nada nuevo bajo el sol!).

Recibo invitación de la plana mayor del TIFF (a quien conozco) para una recepción en honor de los integrantes de la programación (a quien conozco sólo por fotos), esos zahoríes del dictamen final en la escogencia de los filmes.

Se exhibieron 339 filmes: 255 largometrajes, 84 cortometrajes de 74 países (En 2016 se exhibieron 397 filmes (296 largos y 101 cortos); se enviaron 7.299 filmes, 6.166 internacionales (6.933 en 2016) y 1133 canadienses (1.240 en el 2016); 29 filmes de habla hispana: España 13, Argentina 9, Colombia 4, Chile 3 y México 2.

En la sección “Plataforma”: filmes “cuyos directores son inventivos, sin temor a transgredir fronteras” tuvo un jurado compuesto por Chen Kaige, Wim Wenders, entre otros; En la sección “Conversando con” vinieron Javier Bardem, Gael García Bernal, Angelina Jolie y Helen Mirren.





“Yo, Tonya” de Craig Gillespie, que obtuvo el Premio del Público, apunta sobre el drama que sufrió Tonya Harding (Margot Robbie), campeona olímpica de patinaje de los EEUU cuando su ex esposo y guardaespaldas complotan para golpear a una colega del mismo equipo para evitar que participe. Un tanto larga, una vida de constante violencia doméstica donde la educación era inexistente, un lenguaje procaz a cada instante y una madre castradora que fumaba y bebía a más no poder (muy bien Allison Jarney). Tonya, al increparle a un juez por su baja puntuación, aún sabiendo que su destreza era impecable, éste le replica “la presencia y la actitud para nosotros es también importante”. Condenada de por vida a participar en cualquier competencia Harding terminó boxeando, pero sin destacarse y por poco tiempo.


Dos amigos que cortejan a la misma chica se unen a un grupo de partisanos que confrontan a los fascistas de Mussolini. Uno (Lorenzo Richelmi) es aprehendido  y presto a ser ejecutado. Y el otro, (Luce Marinelli) se apronta a liberarlo. “Arco iris: un asunto privado” de Paolo y Vittorio Taviani adolece de un guión cansino, sin columna vertebral emocional. Muchos piensan que será su último film.





Anne Wiasemsky (Stacy Martin) fue la segunda esposa de Jean Luc Godard (Louis Garrel) casándose a muy temprana edad. Hija de un príncipe ruso y nieta del Premio Nobel de literatura Francois Mauriac filma con él “La china” y bajo su égida descubre un nuevo mundo. “La Rédoutable” de Michel Hazanavicius (aquél de “El Artista”) está basado en la autobiografía de la Wiasemsky “Un año después”, donde ambos militan el activismo político del 68, que conmocionó a Francia. Louis Garrel encarna al maestro Godard con maestría, con prótesis en la nariz, hasta el hablar con seseo y sus tics faciales reflejando una personalidad celosa, arrogante, combativo, polémico e insoportable, pero un artista ante todo. El film finaliza cuando ambos se separan.






Había tanta gente que proyectaron “Reduciéndose” de Alexander Payne en dos inmensas salas. La premisa es loable: unos científicos noruegos logran reducir a las personas, animales, vegetales, cosas a su más mínima expresión. El filme es una meditación sobre las consecuencias de esta transformación que afecta a la economía, a los sentimientos. Hay muchos cabos sueltos que no se explican mientras en lontananza asoma un cataclismo climático. Matt Damon es el médico que acepta esta reducción mientras que su esposa (Kirsten Wiing) lo abandona a último momento. Payne, que nos trajo aquél memorable “Nebraska” es original en su planteamiento pero en el último tercio del film es un constante machacar, cual clase magistral (que pierde fuerza en el filme) sobre el imperativo moral de conservar el medio ambiente (Tema súper actual). Christopher Waltz sobreactúa y con su sonrisa siempre exagerada (como muletilla), apareciendo también Udo Kier, de los tiempos de Fassbinder.







Fui advertido, pero tenia que verla: “La matanza del venado sagrado” del ecléctico Yorgos Lanthimos se sostiene, desde la perspectiva de la trama, hasta la mitad; luego decae. La historia recoge ribetes de tragedia griega, con escenas de horror casi canibalescas aunque  técnicamente impecable con gloriosos (y originales) primeros planos, una narración a la altura pero con escenas poco plausibles. Colin Farrell es el médico que ocasiona la muerte a un paciente mientras lo opera, su hijo busca venganza, inflingiendo desastres a su esposa (Nicole Kidman) y a sus dos hijos. Las actuaciones son dignas de respeto. Preferí aceptar el film como una metáfora.






Un descubrimiento fue “Oh, Lucy” de Atsuko Hirayanagi, sobre una secretaria soltera, resentida con su hermana por haberle arrebatado a su novio que se enamora de un profesor de inglés en Japón  (Josh Harnett) y que la lleva a seguirlo a los EEUU al haberse involucrado con su sobrina. Una comedia con ribetes trágicos y un guión donde la sicología de sus personajes está lúcidamente resuelto.





Durante el día él y ella trabajan en un matadero; durante la noche ambos suenan con venados. "Sobre el cuerpo y el alma” de Ildiko Enyedi,  recibió el Oso de Oro en Berlín. Un film hipnótico, escenas donde vemos a los venados deambular por el bosque  y sus flirteos animales, con el desmembramiento de las vacas en el matadero para convertirlas en carne comestible tiene una correlación, con nosotros, los humanos.




Por asistir a la recepción inaugural del TIFF con la presencia del “Cirque du Soleil” me perdí “Sin amor” de Andrey Zvyaginstsev, altamente premiada. Imposible estar en todo, aunque uno quisiera ser San Antonio.



Las novelas de Ian McEwan se prestan para ser trasladadas a la pantalla. “En la playa de Chesil” de Dominic Cooke tuvo su premiere mundial en el TIFF .En el día de su matrimonio una pareja (Saoirse Ronan, Billy Howle) festejan el acontecimiento en un hotel con la playa enfrente. Momentos antes de consumar el acto sexual la tragedia irrumpe. En escenas a través el tiempo y en reverso sabemos de sus vidas. Ronan es la frígida e insegura novia con aspiraciones a crear un cuarteto de música clásica, exuda en todo momento sensibilidad y una presencia, por siempre luminosa.





Hace algún tiempo leí “Zama”, la novela culto de Antonio di Benedetto. Jamás pensé que la vería en el cine. Pues sí, Lucrecia Martel, audaz e inspirada, ajena a los vericuetos del convencionalismo tradicional en el arte de filmar nos trajo, después de una ausencia prolongada,  su muy particular “Zama”, un film mayor.

En un poblado desolado de la corona española, Diego de Zama (Daniel Giménez Cacho) es un corregidor que aguarda del Rey un traslado a otro paraje que lo aleje del tedio y de la enfermedad. Su esposa e hijos quedaron en España. El film es un estudio de una espera que nunca llega a través de un espacio temporal, plagada de crueldad y de los vicios inherentes a los humanos: codicia, celos, venganza, lascivia y para qué seguir. Una puesta en escena de atmósfera opresiva, entre selva y llano, poblado de indígenas que hablan la lengua autóctona, admirablemente dirigida y actuada. La música, curiosamente, es moderna.





En el camino para ver “Final feliz” de Michael Hanecke, presente en la sala,  me encuentro con Wim Wenders. El film de Hanecke nos trae una extensión de aquél inolvidable “Amor” pero que no le llega ni a los tobillos, sobre una familia disfuncional, un abuelo (Jean Louis Trintignant) que trata de suicidarse, una nieta de 13 que se inclina también por el suicidio y otros miembros con bemoles personales. El enfoque carece de drama y por momentos superficial.  El suicidio es casi visto como un chiste. Isabelle Huppert es la madre profesional.





En un aparte, entre una recepción y una proyección converso con Paul Stark, un cineasta canadiense que dirigió el documental “La decepción del Vaticano”, con varios años de labor investigativa sobre las revelaciones de los pastores de Fátima, una de ellas guardada con gran sigilo por los capos de la Iglesia por su implicancia mundial que anunciaría una catástrofe inimaginable y que participaría Rusia.


A los 15 minutos de comenzar la función me salí. Menos mal! Estuve una hora en fila para entrar a ver “La forma del agua” de Guillermo del Toro, sentándome en segunda fila en una sala inmensa. La espera fue fructífera y fue el mejor film que he visto en el TIFF y en 2017. ¿Por qué me salí de “Amando a Pablo”  de Fernando León de Arana? Me irritó ver a actores españoles, Javier Bardem (Pablo Escobar) y a Penélope Cruz ( Virginia Vallejo, su amante) hablando en inglés entre ellos, peor aún, cuando Escobar y sus narco compinches se comunican entre ellos en inglés, deslizando de cuando en vez una frase en colombiano paisa. No sé cuál fue el criterio del director (o productor) en adoptar esta absurda postura. Con subtítulos este cuento cambiaría.

Del film de Guillermo del Toro podrían escribirse páginas y páginas, sobre una muda (Sally Hawkins) que se enamora de un “monstruo”, descubierto en el Amazonas y cuya reciprocidad en las lides del amor es mutua. Este personaje es objeto de investigación científica en un laboratorio de Baltimore donde los rusos (estamos en la Guerra Fría) también quieren una tajada de la torta científica. Un film magnífico, poético, una extraordinaria puesta en escena, una sutil crítica social (estamos en los 60), donde el amor todo lo vence, siguiendo la máxima de Virgilio “Omnia vincit amor” León de Oro, Venecia.





Helena Bonham Carter sobresale admirablemente en “55 pasos” de Bille August sobre un caso real, el de Eleonora Riese en una batalla legal (Hillary Swank es su abogada) contra los hospitales siquiátricos que obligaban a los pacientes a tomar medicamentos contra su voluntad y con nocivos efectos secundarios en su salud.



Galardonada en Venecia. “Foxtrot” de Samuel Maoz resultó polémica en Israel pues la prensa local embistió contra el film al mostrar hechos que el ejército no quería divulgar. La historia gira alrededor de las consecuencias ocurridas sobre una familia cuando le anunciaron equivocadamente la muerte de su hijo en la guerra. Una mirada furtiva e inteligente sobre las relaciones familiares vis-á-vis al perenne entorno latente de una guerra con sus vecinos y cómo un solo hecho puede alterar la vida de los involucrados. Un film muy elogiado.






En un aparte, Hugo Chaparro Valderrama, poeta, escritor premiado, me entrega su reciente libro “Álbum del Sagrado Corazón del cinecolombiano: 100 años del largometraje en Colombia” y una sentida dedicatoria. Mil gracias, lo leeré con fruición.


ALBUM DEL SAGRADO CORAZON DEL CINE COLOMBIANO




Partiendo del partido final de tenis en Wimbledon en 1980 entre Bjon Borg y John McEnroe, el film, con el mismo nombre de Janus Metz, intersecta con flashbacks la trayectoria (y vida) de ambos astros del deporte, manteniéndonos en vilo con una narración trepidante. Este film inauguró el TIFF.





Exhibieron “Submergence” en la sala IMAX, la mayor del festival: un film menor de Wim Wenders. Un ingeniero trotamundos (James McAvoy) conoce en la ciudad de Dieppe a una biomatemática (Alicia Vikander), se enamoran, se separan por motivos profesionales, él es enviado a Somalia, ella a punto de comenzar un proyecto bajo el mar. Ambos experimentan después situaciones fuera de control. Un guión incoherente (por momentos no sabemos lo que pasa), el film se sostiene por una extraordinaria fotografía y actuaciones adecuadas. Pero, y lo demás?





“El cuadrado” de Ruben Ostlund (cuándo veré “Fuerza mayor”?) obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Una sátira al mundo cultural, a sus integrantes, a sus financistas que no tienen la menor idea de lo que representa el arte, salvo su inversión financiera. El director de un museo en Stockholm (Claes Bang) se inclina por exhibir obras eclécticas contemporáneas, con una vida privada caótica, una serie de malos pasos involuntarios le producen, a la postre, un clímax emocional y profesional nefastos. Una mirada lúcida a nuestro mundo de convulsión con escenas alucinantes propias de Buñuel.





Con Annette Bening no hay pele: siempre a la altura. En “Las artistas de cine no mueren en Liverpool” de Paul McGuigan encarna a Gloria Grahame, (artista conocida en los 1950’s incluso con un Oscar), en los dos últimos años de su vida, enferma e infatuada con un aprendiz a actor (Jamie Bell), 20 años menor. El guión, débil, no ahonda en la vida anterior de la actriz, algo que le daría más contundencia a su personaje. Vanessa Redgrave es su madre.




“La hora más oscura” de Joe Wright repite la historia que vimos en “Dunkerke” de Christopher Nolan, la evacuación de unos 300 mil soldados británicos, rodeados por los alemanes en la costa de Francia y ayudado por pequeños botes de civiles que fueron a recogerlos. Gary Oldman es Winston Churchil, irreconocible, una de las grandes actuaciones este año, Kristin Scott Thomas es su esposa Clementine. Y Lily James, su secretaria. Elocuentes y encendidos discursos en el Parlamento británico, con sus consabidos enemigos políticos, Lord Halifax (Stephene Dillane) que proponía un diálogo con las fuerzas del Axis (Alemania e Italia) para obtener una paz. El Parlamento lo negó.





Cambodia representa para Angelina Jolie un pedazo de su corazón. Allí vivió, allí adoptó a un hijo, posee la nacionalidad de ese país y allí conoció a Loung Ung, autora del libro autobiográfico en que se basa el film “Primero mataron a mi padre” .Hay que sacarle el sombrero a la Jolie, su film es una tarea titánica y su más completo hasta ahora. Es la mirada, el recuerdo de una niña de 7 años que vivió y sufrió en carne propia los horrores el genocidio del Khmer Rouge desde que su familia fuera evacuada de Phnom Pen en abril de 1975, viviendo en condiciones infrahumanas, esclavos del ejército en un campamento. El filme, de acción continua (desplazamientos, guerras) carece de un enfoque emocional (tal vez no fuera la intención de Jolie) con lo cuál podríamos compartir las vicisitudes de la niña protagonista (Young Srey Moch Sareum).




Su ausencia fue muy sentida (la edad, la salud) y la ocasión de compartir con ella unos momentos dentro del trajín del TIFF. “Caras, lugares” de Agnes Varda (presentada fuera de concurso en Cannes, muy ovacionada y que obtuvo el Ojo de Oro), junto con J.R. ( un conocido fotógrafo), recorren  puntos únicos en Francia, entrevistando a los lugareños, con sus respectivas fotografías, ampliadas en gran formato, cubriendo con ellas muros, fábricas, objetos. Al final del film decide trasladarse a Rolle, a la casa suiza de Jean Luc Godard, su amigo de siempre, para entrevistarlo. Al llegar sólo encuentra una nota de él en la ventana, mencionando un restorán. Este mensaje la deja ambivalente en emoción, en otras palabras, la deja plantada, a pesar que ella lo considera “un filósofo solitario” y “alguien que revolucionó el cine”. Todos sabemos lo patán que puede ser Godard  (basta ver “La Rédoutable”) y con la edad, generalmente, los defectos se magnifican. “Caras, lugares” está impregnado de una nostalgia sensible y de aguda inteligencia: es la mirada de una cineasta que proyecta su gran arte.



Vi 34 filmes en el TIFF, imposible escribir sobre ellos, todos.



©Luis Sedgwick Baez
Crítico de cine. Escritor





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Elizabeth Bishop escribe sobre Marianne Moore: "Esfuerzos del cariño" / El Nacional, Caracas, 3 de octubre de 2017


Marianne Moore y Elizabeth Bishop

Presentamos un fragmento del ensayo que Elizabeth Bishop (1911-1979) escribiera sobre Marianne Moore (1887-1972), ambas poetas norteamericanas ganadoras del Premio Pulitzer. El texto está incluido en el volumen 2 de la “Obra completa” de Moore, y fue traducido por Mariano Peyrou para Vaso Roto Ediciones (España, 2016)





En la primera edición de los Collected Poems (Poesía reunida) de Marianne Moore, de 1951, hay un poema que originalmente se llamó “Esfuerzos y cariño”. En mi ejemplar de este libro, Marianne tachó la palabra “y” y escribió “del” encima. A mí este cambio me gustó mucho, de modo que voy a titular este texto “Esfuerzos del cariño”.
Conocí a Marianne Moore en la primavera de 1934, cuando estaba en el último curso en la universidad de Vassar, por medio de Fanny Borden, la bibliotecaria. Una amiga del colegio y su madre, ambas más leídas y más sofisticadas en sus gustos literarios que yo, me habían hablado de la poesía de Marianne Moore hacía unos cuantos años. Yo ya había leído todos los poemas de la señorita Moore que había podido encontrar, en copias atrasadas de The Dial y pequeñas revistas y antologías que sacaba de la biblioteca de la universidad. No sabía que la poesía podía ser así. Me gustó inmediatamente, y aunque sabía que había un libro suyo llamado Observations (Observaciones), no estaba en la biblioteca y no lo había visto nunca.
Como la señorita Borden era la persona idónea para presentarme a Marianne Moore, quiero decir algo sobre ella. Era la sobrina de la Lizzie Borden de Fall River, y en la universidad corría el rumor de que la espeluznante historia de Lizzie Borden había tenido efecto moderador en la personalidad de Fanny Borden. Era sumamente tímida y reservada y hablaba tan bajo que era difícil oír lo que decía. Era alta y delgada; siempre iba vestida con prendas de tonos marrones o grises, anticuadas, discretas y distinguidas. Solía desplazarse en una bicicleta sin cadena. Recuerdo verla pedaleando muy despacio hacia la biblioteca, cuesta arriba, alta y erguida sobre aquel curioso artilugio, que a veces parecía más apropiado para una dama que una bicicleta con cadena, y aparcándola en el lugar que le correspondía al llegar. (En aquella época no les poníamos candados a las bicicletas). Una vez, cuando ella hubo entrado, examiné su bicicleta, constaté que no tenía cadena y traté de averiguar cómo funcionaba. No pude. No teníamos mucha relación con la bibliotecaria; alguna vez, cada mucho tiempo, para ir a buscar un libro, nos enviaban al despacho de la señorita Borden, que era sombrío como una cueva y estaba lleno de libros apilados por todas partes. Para los distintos documentos que tenía sobre el escritorio, empleaba como pisapapeles unas piedras bastante grandes, suaves y redondeadas, que traía de la costa. Una vez, cuando mi compañera de habitación hizo un comentario admirativo sobre una de ellas, la señorita Borden le dijo, con su voz casi inaudible: ―¿Te gusta? Puedes quedártela. Entonces se la dio. Era gris, redonda y muy pesada. Un día me enviaron al despacho de la señorita Borden a buscar un libro, ya no recuerdo cuál. Nos quedamos hablando un rato y al final me armé de valor y le pregunté por qué no había un ejemplar de Observations, de esa poeta maravillosa que era Marianne Moore, en la biblioteca de Vassar. Ella pareció ligeramente sorprendida y me preguntó:
―¿A ti de verdad te gustan los poemas de Marianne Moore?
Yo le contesté que sí, los pocos que había podido encontrar.
―La conozco desde que era una niña –me dijo la señorita Borden con tranquilidad, y después me hizo una pregunta que probablemente cambiara el rumbo de mi vida–: ¿Te gustaría conocerla?
Yo era sumamente –no, terriblemente– tímida y muchas veces había salido corriendo para que no me presentaran a adultos mucho menos distinguidos que Marianne Moore, pero le dije que sí de inmediato. La señorita Borden me dijo que le escribiría a la señorita Moore, que vivía en Brooklyn, y también que me prestaría con mucho gusto su ejemplar de Observations.
El ejemplar de Observations de la señorita Borden me abrió los ojos en más de un sentido. Poemas como “An Octopus” (“Un pulpo”), sobre un glaciar, o “Peter”, sobre un gato, o “Marriage” (Matrimonio), sobre el matrimonio, me impactaron y me dieron la sensación, que todavía tengo hoy, de ser milagrosos por su empleo del lenguaje y por la forma en que están construidos. ¿Por qué nadie había escrito nunca de esta manera tan clara y deslumbrante? Pero al mismo tiempo me quedé perpleja al descubrir que la señorita Borden (que, según me enteré, era una vieja amiga de la familia Moore), evidentemente, no compartía mi gusto por esos poemas. Metidas en la parte de atrás del libro encontré algunas reseñas que habían salido tras la publicación de Observations, en 1924; la mayoría eran muy desfavorables, y algunas simplemente bobas. Incluso había una parodia de un poema de Moore firmada por Franklin P. Adams. Y, lo cual era todavía más revelador, la señorita Borden no había considerado adecuado pedir un ejemplar del libro de su amiga para la biblioteca de la universidad. (Más tarde, aquel mismo año, conseguí un ejemplar en la sección de libros de segunda mano de Macy’s).
Al fin llegó el día en que la señorita Borden me dijo que había tenido noticias de la señorita Moore y que la señorita Moore estaba dispuesta a encontrarse conmigo en Nueva York, un sábado por la tarde. Años después me enteré de que Marianne había aceptado conocerme a regañadientes; por lo visto, la encantadora señorita Borden ya había enviado a varias chicas de Vassar a conocer a la señorita Moore, y a veces también a su madre, y ninguna les había gustado. Probablemente esto explicara las condiciones en que se produjo nuestra primera cita: yo tenía que encontrar a la señorita Moore sentada en el banco que hay a la derecha de la puerta que da a la sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York. Podrían haber sido incluso más estrictas. Más tarde me enteré de que si la señorita Moore realmente pensaba que no le iba a caer bien la gente con la que se había citado, organizaba el encuentro en el puesto de información de Grand Central Station, donde no había lugar para sentarse y, si era necesario, se podía escapar al instante. Entretanto, la señorita Borden me había contado algunas cosas más de ella: dijo que era infantil, una pequeña criatura extraña y atractiva con el pelo rojo y brillante, muy bromista y, como se podría haber esperado, dada a llamar a su familia y amigos con nombres de animales.
Yo estaba muy asustada, pero me puse mi nuevo traje de primavera y cogí el tren rumbo a Nueva York. Nunca había visto una foto de la señorita Moore; lo único que sabía era que tenía el pelo rojo y que solía llevar un sombrero de ala ancha. Me imaginaba que el pelo sería rojo brillante y que ella sería alta e intimidatoria. Llegué muy puntual, incluso un poco pronto, pero ella había llegado antes que yo (por muy pronto que una llegara, Marianne siempre estaba ahí la primera) y –me di cuenta de inmediato– no era muy alta y no tenía absolutamente nada de intimidatoria. Tenía cuarenta y siete años –a mí, por aquel entonces, me parecía una anciana– y en el pelo unos tonos que iban desde el blanco hasta el rosa claro y el color ladrillo; por otra parte, sus cejas de color rosa-teja parecían cubiertas de una escarcha blanca. El gran sombrero plano y negro era como yo me imaginaba que sería. Aquel día llevaba un traje de tweed azul y, como era su costumbre en esa época, un polo de hombre con un lazo negro en el cuello. Su aspecto era muy pintoresco y recordaba de un modo vago al de Bryn Mawr en 1909, pero al mismo tiempo era estilosa. Me senté y ella empezó a hablar.
Tengo la impresión de que Marianne estuvo hablándome sin parar durante los siguientes treinta y cinco años pero, naturalmente, eso es absurdo. Viví muchos de esos años lejos de Nueva York y solo nos veíamos de vez en cuando. Debía de ser una de las mejores conversadoras del mundo: lo que decía siempre era entretenido, esclarecedor, fascinante y memorable. Su conversación, como su poesía, no se parecía a la de nadie. No sé de qué me habló en aquel primer encuentro. Ojalá en esa época hubiera escrito un diario. Por suerte, ignoraba que otras chicas de Vassar antes que yo no habían superado la prueba, así que empecé a sentirme menos nerviosa e incluso pude hablar un poco. Tal vez tuviera un rapto de inspiración, no lo sé; en cualquier caso, le atribuyo, al menos en parte, mi golpe de gran suerte por haber tenido como amiga a Marianne Moore. El circo Ringling Bros, y Barnum & Bailey estaba haciendo su temporada de primavera en Nueva York y le pregunté a la señorita Moore (nos llamamos “señorita” durante más de dos años) si quería ir al circo conmigo, dos semanas más tarde, el sábado. Yo no sabía que ella siempre iba al circo; no se lo perdía por nada del mundo, así que aceptó; cuando volvía a Poughkeepsie, en el autobús diurno, todo mugriento, me sentía sumamente feliz.
El circo
Llegué a Madison Square Garden muy temprano –habíamos quedado pronto porque queríamos ver a los animales antes de que empezara el espectáculo–, pero Marianne ya estaba allí. Iba muy cargada: llevaba dos bolsas azules de tela, una en cada brazo, y dos enormes bolsas marrones de papel. Me dio una de estas y me dijo que contenían pan integral rancio para los elefantes, porque el pan integral rancio era una de las cosas que más les gustaba comer. (Más adelante se me ocurrió que probablemente el pan blanco rancio les gustaría igual, pero que Marianne se preocupaba por su salud). Cuando entramos y bajamos hasta la planta inferior, donde ya oíamos (y olíamos) a los animales, me contó su plan preliminar. Su hermano, Warner, le había regalado una pulsera de pelo de elefante que a ella le encantaba; se trataba de dos o tres hebras de pelo negro unidas con unos broches de oro. Uno de los pelos se había caído y nunca lo había podido encontrar. Como yo ya sabría, los elefantes solo tienen pelo en la parte de arriba de la cabeza. En la bolsa, Marianne tenía unas tijeras de uñas. Yo tenía que distraer a los elefantes adultos con el pan y, si teníamos suerte, los guardias no se fijarían en ella, que iría hasta el final de la jaula, donde estaban los elefantes bebés, para sacar las tijeras y cortarles algunos pelos con los que reparar la pulsera.
Tenía toda la razón; a los elefantes les encantó el pan integral rancio y empezaron a barritar y a empujarse para hacerse con él. Yo me quedé en un extremo de la jaula, dándoles rebanadas de pan a los elefantes mayores, que las cogían con la trompa, y la señorita Moore se fue al otro extremo, donde estaban los elefantes bebés. Los elefantes grandes estaban haciendo tanto escándalo que uno de sus cuidadores vino donde estaba yo, y por el rabillo del ojo vi a la señorita Moore inclinada hacia delante en puntas de pie, con las tijeras en la mano. El pelo de elefante es correoso; me pareció que no acabaría nunca de cortarlo. Pero logró terminarlo, y entonces les dimos triunfalmente el resto del pan y nos fuimos a ver a los demás animales. La señorita Moore abrió su bolsa y me enseñó tres o cuatros pelos bastos y grisáceos envueltos en un pañuelo de papel.
Detesto ver a los animales metidos en jaulas, especialmente si son jaulas pequeñas, y sobre todo si se trata de animales de circo, pero creo que Marianne, aunque es probable que sintiera lo mismo, tenía tanto interés por ellos, tanta pasión, y sabía tanto de ellos, que podía dejar de lado, durante un rato, el dolor o la rabia que le producía verlos encerrados. Recuerdo que aquel día una serpiente con unos dibujos muy hermosos se estaba retorciendo en un terrario de cristal y de repente levantó la cabeza; dio la impresión de que lo hacía aposta para mirarnos.
―¡Mira, me conoce! –dijo la señorita Moore–. Me recuerda del año pasado.
Preferí pensar que lo decía en broma, aunque en realidad creo que no del todo. Después subimos al piso de arriba y comenzó el espectáculo. Marianne sacó un tentempié de las bolsas azules: unos termos con zumo de naranja, huevos duros (solo las yemas) y más pan integral, pero fresco y untado con mantequilla. También recuerdo de esa primera vez que fuimos al circo (habría otras) que delante de nosotros se sentó un hombre con tres niños pequeños, dos chicos y una chica. El espectáculo de los circos grandes dura bastante tiempo, y los niños, a partir de cierto momento, comenzaron a inquietarse. Marianne se inclinó hacia delante de manera abrupta, como hacía ella las cosas muchas veces, y le dijo al padre que si la niñita quería ir al servicio, ella la llevaría encantada.

© Elizabeth Bishop

Fuente: El Nacional


Elizabeth Bishop: Página oficial
Marianne Moore: Página oficial



Cinco poemas de Marianne Moore



Poeta modernista, crítica, traductora y editora, ganó el Pulitzer Prize y el National Book Award por sus “Poemas reunidos” (1951). Los textos aquí seleccionados fueron tomados de su “Poesía completa”, traducidos por Olivia de Miguel para la cuidada edición a cargo de Lumen (Random House Mondadori, España, 2010)





¿Qué son los años?
     ¿Qué es nuestra inocencia,
cuál nuestra culpa? Todos
     desnudos, ninguno a salvo. ¿Y de dónde
el valor: la pregunta incontestada,
la duda firme
–que calladamente llama, que sorda escucha–, que
en la desgracia, incluso en la muerte,
     da valor a los demás
     y, en su derrota, mueve
     al espíritu a ser fuerte?
Sabio y dichoso aquel que
     acepta que ha de morir
y en su prisión se eleva
sobre sí mismo como
el mar en una sima, luchando por ser
libre e incapaz de serlo,
     y en ese abandono
     halla supervivencia.
     Así se comporta
quien siente con vigor.
     Como el ave que al cantar
yergue su cuerpo creciéndose.
Aunque cautivo, su poderoso canto
dice qué vulgar es la satisfacción,
qué pura la alegría.
     Esto es ser mortal,
     esto es ser eterno.



Al progreso militar
Usas tu cerebro
como una muela de triturar
     paja.
Lo abrillantas
y con tu pervertido ingenio
     te ríes
de tu torso,
postrado donde el cuervo
     desciende
sobre los débiles corazones
que su dios le asigna,
     llama
y bate las alas
hasta que el tumulto atrae a
     más
voluntarios negros
para volver a resurgir,
     guerra
a bajo coste.
Ellos lloran por la cabeza
     perdida
y buscan su presa
basta que el cielo de la tarde
     enrojece.



La mente es un mecanismo encantador
es un mecanismo encantado
     como el brillo en el
ala de una chicharra
     subdividida por el sol
     hasta que las cuadrículas son legión.
Como Gieseking interpretando a Scarlatti;
como el pico punzón
     del ápterix o el
chal del kiwi
     de peludas plumas para la lluvia, la mente,
     tanteando su camino como un ciego,
camina con la vista fija en el suelo.
Posee el oído del recuerdo
     que oye sin
necesidad de oír.
     Como la caída del giroscopio,
     de inequívoca exactitud
porque está ajustado con soberana certeza,
es un poder de
     dramático encanto.
Es como el collar de
     la paloma animado
     por el sol; es el ojo del recuerdo;
es concienzuda inconsistencia.
Arranca el velo; desgarra
     la tentación y la bruma
que visten los ojos
     del corazón –si el corazón
     tiene rostro; hace pedazos
el abatimiento. Es fuego en el iridiscente
collar de la paloma; en las
     inconsistencias
de Scarlatti.
     El orden pone
     a prueba su desorden;
no es el inmutable juramento de Herodes.



Puedo, podría, debo
Si me dices por qué el pantano
parece infranqueable, entonces te
diré por qué pienso que
puedo atravesarlo si lo intento.
**
Valores al uso
Iba a la escuela y me gustaba el lugar,
hierba y sombras de hojita de acacia como encaje.
Se discutía sobre la escritura. Decían: “Creamos
valores en el proceso de vivir, es inútil esperar
su progreso histórico”. Sé abstracto
y desearás haber sido concreto; es un hecho.
¿Qué estudiaba yo? Valores al uso,
“juzgados en su propio terreno”. ¿Soy aún oscura?
De improviso, un estudiante dijo al pasar a mi lado:
“‘Relevante’ y ‘plausible’ eran palabras que yo entiendo”.
Una afirmación grata, anónimo amigo.
Ciertamente, los medios no deben frustrar el fin.
© Marianne Moore
Fuente: El Nacional


Cinco poemas de Elizabeth Bishop




Elizabeth Bishop (1911-1979) es una de las más reconocidas poetas norteamericanas del siglo XX. Recibió los más relevantes premios literarios de su país: Pulitzer, National Book Award, National Book Critics Circle Award y Premio Internacional de Neustadt. Aquí, cinco poemas de su imponente “Obra completa” traducida por Jeannette Clariond








Invitación a miss Marianne Moore
Desde Brooklyn, sobre el puente de Brooklyn, en esta hermosa
mañana,
ven, por favor, volando.
En una nube ardiente de sustancias químicas,
ven, por favor, volando,
por el súbito redoble de mil pequeños tambores azules
cayendo del cielo aborregado
sobre la resplandeciente gradería de agua del puerto,
ven, por favor, volando.
Silbatos, banderines y humo al viento. Los barcos
lanzan señales cordiales ondeando mil banderas,
ascendiendo y cayendo como aves a lo largo del puerto.
Entran en escena: dos ríos que portan con gracia
innumerables pequeñas y diáfanas medusas
sobre bases de cristal tallado arrastradas por cadenas de plata.
El vuelo es seguro; el buen tiempo garantizado.
Las olas llegan en versos esta hermosa mañana,
ven, por favor, volando.
Ven con la punta de cada uno de tus zapatos negros
arrastrando un reflejo de zafiro,
con una negra capa de mariposas y bon-mots,
y solo Dios sabe cuántos ángeles todos encima
de la ancha ala negra de tu sombrero,
ven, por favor, volando.
Portando un inaudible ábaco musical,
un delicado ceño crítico y cintas azules,
ven, por favor, volando.
Hechos y rascacielos centellean en la marea; Manhattan
está inundada de moralejas esta hermosa mañana, así que
ven, por favor, volando.
Escalando los cielos con natural heroísmo,
por encima de los accidentes, por encima de las películas malignas;
de los taxis y de las injusticias en general,
mientras resuenan las trompetas en tus bellos oídos
que simultáneamente escuchan
una leve música no inventada, apropiada para el ciervo almizclero,
ven, por favor, volando.
Ante quien los sombríos museos se comporten
como los corteses pájaros satinados,
ante quien los afables leones echados esperan
en la escalinata de la Biblioteca Pública,
deseosos de alzarse y traspasar cada puerta
hasta las salas de lectura,
ven, por favor, volando.
Podemos sentarnos y llorar; podemos ir de compras,
o jugar todo el tiempo a equivocarnos
con un valioso cúmulo de vocabularios,
o podemos lamentarnos con coraje, pero ven, ven,
por favor, volando.
Con dinastías de construcciones negativas
que se oscurecen y mueren a tu alrededor,
con la ortografía que de pronto gira y brilla
como bandadas de andarríos en el cielo,
ven, por favor, volando.
Ven como una luz blanca en el cielo aborregado,
ven como un cometa diurno
con un enorme caudal de vocablos cristalinos,
desde Brooklyn, sobre el puente de Brooklyn, esta hermosa
mañana
ven, por favor, volando.




París, 7 A.M.
Hago un viaje a cada reloj del apartamento:
algunas manecillas apuntan histriónicamente a una dirección
y algunas hacia otras distintas, desde sus caras ignorantes.
El tiempo es una Étoile; las horas divergen
tanto que los días son viajes alrededor de los suburbios,
círculos bordeando las estrellas, círculos solapados.
La breve escala en fotograbado del tiempo invernal
es un ala extendida de paloma.
El invierno vive bajo el ala de una paloma, un ala muerta de
plumas mojadas.
Mira abajo, hacia el patio. Todas las casas
están construidas así, con urnas ornamentales
puestas en las buhardillas de los tejados donde las palomas
pasean. Es como una introspección
para mirar hacia dentro, o una retrospección,
una estrella dentro de un rectángulo, una remembranza:
este cuadrado vacío bien podría haber estado allí.
–Los castillos infantiles, construidos en los más fríos inviernos,
podrían haber alcanzado estas proporciones y ser casas;
los imponentes fuertes de nieve de cuatro y cinco pisos
resistiendo la primavera como los fuertes de arena la marea,
sus paredes, su forma, no podrían disolverse y desaparecer,
solo superponerse en una fuerte cadena, convertidos en piedra,
y agrisar y amarillear como estas casas–.
¿Dónde están las municiones, las bolas reunidas
con su corazón de hielo en forma de estrella astillada?
Este cielo no es una paloma-guerrera-mensajera
que escapa de infinitos círculos entrecruzados.
Es una muerta, o el cielo del cual una muerta ha caído.
Las urnas han atrapado sus cenizas o sus plumas.
¿Cuándo se disolvió la estrella?, ¿o es que quedó atrapada
en la secuencia de cuadrados y cuadrados y círculos y círculo?

¿Pueden los relojes decir: esta allí, abajo,
a punto de rodar sobre la nieve?


Paisaje marino
Este paisaje celestial con garzas blancas erigidas como ángeles,
ascendiendo inclinadas tan alto como quieren y tan lejos
como quieren en hileras e hileras de inmaculados reflejos;
la región entera, desde la garza en lo alto
hasta la ingrávida isla de manglares
con luminosas hojas verdes delicadamente ribeteadas con guano
como iluminaciones de plata,
y hasta los sugerentes arcos góticos de las raíces del manglar
y en el fondo, el hermoso verde guisante del prado
donde a veces salta un pez como una flor silvestre
en una decorativa espuma de rocío;
esta es una historieta de Rafael para el tapiz de un papa:
semeja el paraíso.
Pero un faro esquelético erguido allí
con sotana en blanco y negro,
que vive desquiciado, cree saberlo todo.
Cree que el infierno brama bajo sus pies de hierro,
que por eso el agua en la marea baja es tan tibia,
y sabe bien que el paraíso no es así.
El paraíso no es como volar o nadar,
pero algo tiene que ver con lo oscuro y con un fuerte resplandor
y cuando anochezca recordará algo
sólidamente formulado que decir al respecto.


El champú
Las sosegadas explosiones en las rocas,
los líquenes se multiplican
extendiéndose en grises conmociones concéntricas.
Han acordado
encontrarse con los anillos de la luna, a pesar
de que en nuestro recuerdo no han cambiado.
Y como los cielos nos vigilan
desde siempre,
tú has sido, querida amiga,
temeraria y pragmática;
y mira lo que ocurre. Pues el Tiempo es
nada si no es indulgente.
Las estrellas fugaces en tu cabello negro
en luminosa formación
¿adónde se dirigen en bandada,
tan directas, tan temprano?
―Ven, déjame lavártelo en esta gran tinaja,
maltrecha y brillante como la luna.


Los hijos de los ilegales
En las apacibles laderas de los montes
juegan la motita de una niña y la de un niño
solas, y junto a ellas, la motita de una casa.
El ojo suspendido del sol
parpadea indiferente, y entonces vadean
gigantescas olas de luz y sombra.
Una inquieta mancha amarilla, un cachorro,
los vigila. Las nubes se están acumulando;
una tormenta se acumula tras la casa.
Los niños juegan a cavar agujeros.
El suelo es duro: intentan utilizar
una de las herramientas del padre,
un azadón con el mango roto
que apenas logran sostener entre los dos.
Cae con estruendo. Su risa esparce
resplandores en el cumulonimbo,
débiles chispazos de indagación
dirigidos como el ladrido del cachorro.
Y para su pequeña y soluble
arca indemne,
la aparente respuesta de la lluvia
consiste en una ecolalia,
y la voz de la Madre, fea como el demonio,
sigue llamándolos para que vuelvan a casa.
Niños, el umbral de la tormenta
se ha deslizado bajo vuestros zapatos enlodados,
mojados y cautivos, permanecéis entre
las mansiones de donde podríais elegir
una más grande que la vuestra,
cuya legitimidad perdura.
Sus documentos empapados preservan
vuestros derechos en cuartos anegados por la lluvia.


© Elizabeth Bishop
Obra completa (1 – Poesía)
España, 2016
Vaso Roto
Traducción de Jeannette Clariond
Fuente: El Nacional







Elizabeth Bishop en la película "Luna en Brasil"