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Alejandra Pizarnik


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La fabricación del anti-semitismo en la Venezuela del siglo XXI / Fernando Luis Egaña, Reporte Católico Laico, Caracas, noviembre 2012






El que el régimen imperante en Venezuela a lo largo del siglo XXI se haya empeñado en fomentar el anti-semitismo y en practicarlo de variadas y condenables formas, es una realidad que además de ostentosa se encuentra profusamente y debidamente documentada. Bastaría, por ejemplo, una revisión somera de la publicación: “Antisemitismo en Venezuela-Informe 2011″, preparada por la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV), y editada en marzo de 2012, para rendir suficiente cuenta al respecto.

Y este fenómeno de anti-semitismo instigado e impuesto desde el poder del Estado, no tiene nada que ver con la tradición pública nacional ni con el entorno socio-cultural del país, ni con nada que no sea el transplante de doctrinas discriminatorias en contra del Estado de Israel, en primer lugar, pero también en contra de las comunidades hebreas en cualquier parte del mundo y, desde luego, en Venezuela, por razones de supuesto radicalismo revolucionario, o por criterios de  identificación con los intereses de organizaciones nacionalistas y de determinados Estados del Medio Oriente, o por otras motivaciones político-proselitistas que, en ningún caso, repito, se derivan de la manera de ser venezolana, sino más bien todo lo contrario.

En ese sentido, vale la pena destacar algunas experiencias acerca de lo ajeno que resultaba el anti-semitismo en la sociedad venezolana previa al siglo XXI. Y no me referiré a la reconocida amplitud en el recibimiento de la inmigración judía, sobre todo durante y después de la Segunda Guerra Mundial, sino a la plena asimilación de esas y otras corrientes migratorias judías en el siglo XX e incluso con anterioridad, sin que existieran expresiones organizadas de anti-semitismo que provinieran de instancias de poder  político, económico, comunicacional o religioso.

Venezolanos de religión o ascendencia judía podían encontrarse al frente de despachos ministeriales, partidos políticos, comisiones parlamentarias, magistraturas judiciales, representaciones diplomáticas, corporaciones empresariales, colegios profesionales, actividades liberales, movimientos vecinales, medios de comunicación, universidades y academias, vocerías culturales, gremios artísticos incluyendo la farándula, asociaciones deportivas, y en general en las más diversas y significativas áreas del desempeño venezolano, sin que el elemento de la religión o ascendencia judía fuera algo más que una mera característica personal, como lo suelen ser las identidades religiosas o las procedencias en naciones de amplia y dinámica amalgama cultural.

En lo personal, me satisface constatar que durante casi toda mi escolaridad, desde la inicial hasta la universidad, compartí estudios y amistad con venezolanos y venezolanas de religión judía, sin que en verdad pueda recordar episodios o circunstancias asociados directa o indirectamente con el anti-semitismo. De hecho, lo que sí recuerdo es la consternación o indignación que se compartía por los sucesos históricos del Holocausto y otras persecuciones principales de los judíos en épocas remotas o recientes, y lo absolutamente distante que sentíamos a todo ello de nuestra realidad inmediata, y de nuestra manera de entender el mundo, la sociedad o las relaciones humanas.

Recuerdo claramente, también, que ocupando una posición en el Consejo de Ministros, asistí a un evento conmemorativo muy especial de una de las entidades de la comunidad hebrea en Venezuela, y pocas veces, si acaso,  tuve ocasión de observar una representación más calificada y plural de la nación, comenzando por todos los ex-presidentes de la República y continuando por gran parte de los titulares de los poderes públicos, y de personas emblemáticas del mundo político, social, económico y cultural del país. Mención aparte merece la diversidad ideológica de la concurrencia: socialdemócratas, socialcristianos, socialistas, liberales, radicales, etcétera. Nunca había presenciado el resultado de una capacidad de convocatoria similar. Nunca antes y nunca después.

Poco a poco, sin embargo, estas realidades comenzaron a ser condicionadas por el nuevo régimen que se fue estableciendo en Venezuela a partir de 1999. Entre distintas explicaciones es probable que dos marcaran pauta. Una, la influencia convicta y confesa del autor y activista argentino, Norberto Ceresole, en las ideas y razonamientos del nuevo mandatario, Hugo Chávez; y otra, las antiguas vinculaciones de grupos de extrema izquierda y logias militares –ahora tributarias del régimen en formación– con organizaciones y Estados árabes de violento antisemitismo.

La conexión Ceresole revistió especial importancia, tanto por la densidad de la relación e influjo con el señor Chávez, como por el hecho de tratarse de un notorio antisemita, propagador del “negacionismo” del Holocausto, cultor de teorías conspirativas alrededor de los planes de “dominación mundial de Israel”, y  abierto exponente de nociones fascistas de la organización del Estado, del liderazgo militarista, y de siniestras modalidades de mesianismo revolucionario-populista. Las otras y referidas vinculaciones, por cierto, han sido descritas y contextualizadas en investigaciones periodísticas y de mayor alcance sustantivo, entre otros por el finado historiador Alberto Garrido.

Pero el propósito de estas notas no es tanto discernir acerca de los factores personales, políticos, ideológicos, geo-políticos o geo-petroleros que podrían explicar el surgimiento de un antisemitismo de Estado en Venezuela en el siglo XXI, como el resaltar que esto se ha convertido en una política oficial y oficiosa, y que la misma se encuentra en las antípodas de la tradición democrática de los venezolanos.

Y tal política se ha venido desplegando a través de múltiples dimensiones. Una de las más frontales ha sido la político-diplomática, que ha conllevado a la ruptura de las relaciones diplomáticas con Israel y a transmutar al Estado venezolano en uno de los más rabiosamente anti-israelíes del planeta. En contradicción perfecta, por ende, con la trayectoria diplomática de la República y con su posición constante en favor del diálogo y el arreglo pacífico de los conflictos internacionales, incluyendo los de Israel con sus vecinos árabes y con las comunidades palestinas.

Otra dimensión es de carácter declarativo-comunicacional, en la que voceros autorizados del Estado “revolucionario”, figurando en primer lugar el jefe de Estado, emiten descalificaciones y vituperios hacia Israel, su proyecto nacional y su política exterior. Cierto que hay temporadas de mayor exaltación que otras, pero en el dominio de la comunicación oficial, el tema no deja de estar presente, y en el citado Informe de la CAIV se examinan cientos de piezas comunicacionales con contenido anti-semita, transmitidas por medios de propiedad y gestión estatal, y por otros medios alineados al Gobierno nacional.

La dimensión policíaco-represiva ha causado gran impacto nacional y foráneo con los aparatosos allanamientos a establecimientos de la comunidad judía en Venezuela, incluyendo a centros educativos. Tal proceder no tiene precedentes en el país, pero es que tampoco tiene precedentes ni referentes en la América Latina de nuestra época. Y esa faceta de la política anti-semita ha sido llevada a cabo abiertamente por organismos de la seguridad nacional o la policía política del Estado.

Hay también una dimensión político-acusatoria, signada por la denuncia contra Israel y sus servicios de seguridad de adelantar campañas de desestabilización gubernativa, en las que se ha llegado a insinuar la planificación del magnicidio. La retórica se asienta en la especulación delirante de que las fuerzas policiales de Venezuela se encontraban bajo control israelí hasta el advenimiento de la “revolución”, y que su lastre aún permanecería infiltrado en resquicios oficiales, por lo que su capacidad de subversión debe ser combatida y erradicada…

Así mismo, se promueve una dimensión vandálico-terrorista caracterizada por asaltos y agresiones a sinagogas, pintas anti-judías en las adyacencias de establecimientos religiosos, educativos o recreativos de la comunidad hebrea, envío de grupos “oficiosos” para insultar y amedrentar a los feligreses en sus centros de actividad religiosa, y en general la creación de un clima de intimidación hacia los venezolanos de religión y ascendencia judía.
Y no puede faltar en esta enumeración elemental, la dimensión ideológico-proselitista, desde luego que motorizada desde el Estado nacional, y estructurada en un conjunto de eventos, charlas y exposiciones de elocuente orientación judeófoba, que se llevan a cabo en sedes de organismos públicos, con el patrocinio de las autoridades nacionales.

Como se podrá apreciar, la fabricación del anti-semitismo en la Venezuela del siglo XXI no ha sido ni es una aventura improvisada o un antojo secundario de algún jerarca específico. No. Ha sido y es una política, reitero, tanto oficial como oficiosa, y esto último en relación con sus derivaciones vandálicas o terroristas, siendo la más gravosa, hasta el presente, la profanación de la Sinagoga de Maripérez en Caracas.

Dos consideraciones finales son necesarias. La primera es que ese tipo de anti-semitismo no irrumpe como consecuencia de la realidad social y cultural del país, sino que resulta de una acción deliberada y políticamente motivada desde los centros del poder estatal. De allí su connotación de anti-semitismo de Estado.

Y la segunda es que, si bien el anti-semitismo ha carecido de sustento social en la trayectoria venezolana, ello no significa que el anti-semitismo de Estado no tenga impactos de importancia en la modificación de las valoraciones correspondientes. En otras palabras, no debe subestimarse su efecto persuasivo en sectores políticamente afines al régimen imperante, y por ende su diseminación en la conciencia colectiva de una parte significativa de los venezolanos.

Este anti-semitismo fabricado puede y debe superarse, no solo por su naturaleza discriminatoria y violatoria de derechos y garantías hacia los venezolanos judíos, sino por el inmenso daño que se le está haciendo al conjunto general de la sociedad venezolana, con la venenosa inoculación del mensaje, el prejuicio y la práctica anti-semita. Y claro está, para ello es indispensable que haya un cambio de fondo en la conducción del Estado.



©Fernando Luis Egaña
Reporte Católico Laico
Noviembre 2012