la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





“La Libertadora del Libertador”. Manuela Sáenz (Ecuador, 1797-Perù, 1856).






(Manuela Sáenz y Aizpuru o Sáenz de Thorne, también llamada Manuelita Sáenz.  Patriota ecuatoriana. Esposa del doctor J. Thorne (1817), se convirtió en la amante de Bolívar (1822), al que acompañó en todas sus campañas y al que, en una ocasión, salvó la vida (1828), lo que le valió el apelativo de Libertadora del libertador. Su presencia al lado del Libertador, durante los años cruciales de la gesta emancipadora, marcaría indeleblemente numerosos acontecimientos en los albores de la vida republicana. Siguió el curso cronológico de los principales sucesos políticos y militares de los que fue testigo o protagonista: el encuentro de Bolívar y San Martín en Guayaquil, las batallas de Pichincha y Ayacucho, el conflicto entre el Libertador y Santander, la rebelión de Córdova y la disolución de la Gran Colombia. A la muerte de Bolívar fue desterrada a Perú.


No ha sido fácil para la historia de la América independentista incluir en su nómina de próceres el nombre de Manuela Sáenz. Si su condición de mujer ya lo hacía difícil, su estatus de amante del Libertador complicaba aún más las cosas. La historiografía del siglo XIX, temiendo por la memoria del "más grande hombre de América", se encargaría de omitir la presencia de esta mujer en su círculo. Con todo y con ello, las anécdotas se dieron a conocer, y la misma historia se vio en la necesidad de otorgarle a Manuela Sáenz la categoría de heroína.


Nació en 1795 en Quito, ciudad por entonces de aires afrancesados, en la que los grandes salones que acogían a la aristocracia marchaban al ritmo de una concepción laxa de la moral y de las distracciones entre criollos y españoles, que pronto se convertirían en una sangrienta guerra entre patriotas y realistas. Era hija natural de Simón Sáenz, comerciante español y realista, y de María Joaquina de Aizpuru, bella mujer hija de españoles de linaje, quien en el futuro tomaría partido por los rebeldes.


Desde muy joven entró en contacto con una serie de acontecimientos que animarían su interés por la política. En 1809 la aristocracia criolla ya se hallaba conspirando contra el poder de los hispanos, y a partir de entonces comenzaron a sucederse un conjunto de revueltas sangrientas. Quizá las circunstancias familiares llevaron a Manuela a optar por los revolucionarios: presenciaba desfiles de prisioneros desde la ventana de su casa, y se maravillaba de las hazañas de doña Manuela Cañizares, a quien tuvo por heroína al enterarse de que los conspiradores se reunían clandestinamente en su casa.


Por causa de las propias revueltas, sin embargo, se ausentó de la ciudad para refugiarse junto a su madre en la hacienda de Catahuango. Allí se convirtió en una excelente amazona, mientras su madre le enseñaba a comportarse en sociedad y a manejar las artes del buen vestir, el bordado y la repostería. Tiempo después ambas regresaron a Quito, y la madre decidió internarla en el convento de monjas de Santa Catalina; tenía entonces diecisiete años.


La fascinación de Manuela por la vida pública y su ímpetu rebelde la harían abandonar prontamente la clausura del convento. Aprendió a leer y a escribir, virtudes éstas que le permitieron iniciar una relación epistolar con su futuro amante: Fausto Delhuyar, un coronel del ejército del rey. Con él se fugó para descubrir más tarde el infortunio de su infertilidad, y la desgracia de estar al lado de un charlatán. Las habladurías del amante le significaron la obligación de contraer matrimonio con James Thorne, un médico de cuarenta años que comerciaba con su padre y al que nunca llegaría a amar.


Corría el año 1819 y Manuela deslumbraba en los grandes salones de Lima, junto a su amiga Rosita Campuzano. El resto de la América estaba convulsionada. Simón Bolívar ya había liberado el territorio de la Nueva Granada y se disponía a fundar en Angostura la Gran Colombia. Entrado el año de 1820, José de San Martín se encontraba de camino hacia Perú. Los limeños comenzaban a conspirar, y la Sáenz se convertía en una de las activistas principales. Las reuniones se realizaban en su casa y las disfrazaba de fiestas; actuaba de espía y pasaba información. Participó en las negociaciones con el batallón de Numancia, y en 1822, una vez liberado Perú, fue condecorada "Caballeresa del sol, al patriotismo de las más sensibles".



Con la excusa de acompañar a su padre, Manuelita marchó hacia Quito. Colaboró activamente con las fuerzas libertadoras: llevaba y traía información, curaba a los enfermos y donaba víveres para los soldados. El 16 de junio de 1822, Simón Bolívar entró triunfalmente en la ciudad y, después de un cruce de miradas, fueron presentados en un baile en homenaje al Libertador.


A partir de entonces mantendrían una relación pasional. Los compromisos del Libertador no impedían los encuentros amorosos, y mientras duraba la ausencia, Manuelita participaba activamente en la consolidación de la independencia del Ecuador. Bolívar le regaló un uniforme, que ella utilizaba a la hora de sofocar algún levantamiento. La muerte de su padre la motivó a regresar a Lima. Fue nombrada por Bolívar miembro del Estado Mayor del Ejército Libertador; peleó junto a Antonio José de Sucre en Ayacucho, siendo la única mujer que pasaría a la historia como heroína de esta batalla. Una vez aprobada la Constitución para las nuevas naciones, marchó a Bogotá junto al Libertador.







Eran los tiempos del corto esplendor de la Gran Colombia. Manuelita militaba activamente en el partido bolivariano y se encargaba de llevar los archivos del Libertador. Durante el día vestía de soldado y, junto a sus fieles esclavas de siempre, se dedicaba a patrullar la zona. Cuidaba las espaldas de Bolívar. El 25 de septiembre de 1828, gracias a su intuición, lo salvó de un atentado dirigido por Francisco de Paula Santander, enfrentándose a los conspiradores mientras su protegido huía descolgándose por una ventana; a raíz de este acontecimiento Bolívar, de regreso a palacio, le dijo: "Eres la Libertadora del Libertador". Solía organizar en su casa representaciones en las que era habitual la burla hacia los enemigos del Libertador; la "quema de Santander" era una de las actuaciones preferidas. Los amores eran nocturnos y se prolongarían hasta la huida de Bolívar a Santa Marta en 1830.







 
Siete meses más tarde, al conocer la muerte de su amado por medio de una carta de Peroux de Lacroix, decidió suicidarse. Se dirigió a Guaduas, donde se hizo morder por una víbora, y fue salvada por los habitantes del lugar. Antes de la muerte del Libertador se levantó una ola de calumnias en su contra por parte de Santander, y Manuela decidió escribir, como forma de protesta, La Torre de Babel (julio de 1830), motivo por el cual se le emitió una orden de prisión. Seguidamente, tuvo lugar la persecución de los colaboradores de Bolívar, que la consideraban peligrosa. Así, el 1 de enero de 1834, le ordenaron que abandonara la nación en un plazo de trece días. Mientras tanto, fue encerrada en la cárcel de mujeres y conducida en silla de manos hasta Funza, y de allí, a caballo, hasta el puerto de Cartagena con destino a Jamaica.


Manuela volvió al Ecuador en 1835. El presidente Vicente Rocafuerte, ante la noticia de su llegada, determinó su salida del país. Esto le llevó al destierro. Se radicó en el puerto de Paita, donde subsistió elaborando dulces, tejidos y bordados para la venta, ya que las rentas por el arrendamiento de su hacienda de Catahuango, en Quito, no le eran enviadas. En la puerta de su casa se podía leer English Spoken; era querida por la gente del pueblo y bautizaba niños, con la condición de que se llamaran Simón o Simona. Fue visitada por muchos hombres importantes, entre los que figuraron Simón Rodríguez, Hermann Melville y Giuseppe Garibaldi. Uno de los visitantes del lugar trajo consigo la difteria, enfermedad que contrajo Manuelita y de la que murió, ya pobre e inválida, a los 59 años de vida.












Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador

Por Consuelo Triviño Anzola. Escritora colombiana





El papel de las mujeres en la independencia de América, tal como nos lo presentaba la tradición, se redujo a la realización de tareas como la confección de uniformes y banderas, a ser acompañantes de los ejércitos, cocineras o prostitutas y, en el mejor de los casos, enfermeras, e incluso espías. Casi nunca se reseñaron otras actividades: guerrilleras, líderes y dirigentes —que las hubo—, como es el caso de la mexicana Antonia Nava, llamada la Generala, que reclutó un ejército con el que luchó y al que defendió con ejemplar valentía; o el de la chilena Javiera Carrera, que no solo apoyó a sus hermanos, sino que organizó la primera Junta de Gobierno en su país. Para nada se destaca su papel de consejeras, capaces de opinar y desenvolverse al mismo nivel que los hombres en las intrigas políticas, como ocurre con la ecuatoriana Manuela Sáenz, que alcanzó la celebridad por ser amante de Bolívar, pese a que fue mucho más que eso, como demuestra esta carta de Francisco Antonio Sucre dirigida al Libertador desde el Frente de Batalla de Ayacucho, el 10 de diciembre de 1824:
Se ha destacado particularmente [...] por su valentía; incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos».


Por su ejemplar conducta solicitaba «se le otorgara el grado de coronel del Ejército Colombiano. Sin embargo, tan alta distinción no fue suficiente para situarla en el mosaico de la historia, al lado de los próceres o fundadores de las repúblicas hispanoamericanas. El odio y el ensañamiento de sus compatriotas la persiguieron hasta el fin de sus días. Pero la fuerte personalidad de Manuelita Sáenz, como aprendimos a llamarla, se impuso sobre sus enemigos, incluso sobre la leyenda de su vida, dejándonos ver la fuerza de un carácter capaz de romper barreras sociales, morales y de género.


Los prejuicios en torno a las mujeres que se desvían del papel asignado para ellas por la cultura, obviamente, encubren verdades que ponen en cuestión valores pretendidamente inamovibles, pese a que la historia ofrece ejemplos de talentosos «hombres de estado» femeninos, como Catalina de Rusia, quien ejerció el poder con más sensatez que sus predecesores; y antes que ella, otras demostraron capacidad dirigente, valor y coraje en la guerra, virtudes consideradas viriles. Pero no me detendré en notables antecedentes recogidos por la historiografía feminista; tan solo subrayaré que esto fue posible porque hubo momentos en la historia en que las mujeres encontraron mejores condiciones para desarrollar su inteligencia. Uno de esos momentos es el siglo xviii, el de las luces, periodo europeo con el que coincide el proceso de la independencia de las colonias españolas en América y que funda la modernidad histórica. La amplitud de miras del momento trae como consecuencia necesidad de libertad en los individuos y en los pueblos, y en especial en las mujeres. En ese ambiente fue propicio el desarrollo de la inteligencia femenina hasta el punto de que en París, entonces capital cultural de Europa, las mujeres alcanzaron gran prestigio entre filósofos, artistas y hombres de ciencia. Ellas abrieron los salones donde los acogieron en sus tertulias, animando el debate y posibilitando la difusión de ideas. Interlocutoras de lujo, estas eran consideradas iguales a nivel intelectual y espiritual —obviamente solo entre las clases altas, y en pocos casos entre quienes se ganaban la vida desempeñando un oficio—.


Al Siglo de las Luces se asoman próceres de la independencia americana, como Francisco de Miranda y Simón Bolívar. En sus viajes por Europa conocieron un mundo en el que no era extraño que una mujer vistiera uniforme militar y despachara los asuntos de Estado, como la célebre Catalina de Rusia. Sin duda hay paralelismos entre la emancipación de las mujeres y la independencia de las colonias, un tema que abre un amplio campo de investigación y que a partir de la figura de Manuela Sáenz arroja luces sobre el lugar de las mujeres durante la colonia y su reubicación en el nuevo orden, tras la independencia, ya que al final de la guerra, en el reparto del poder, las redujeron al espacio doméstico y en muchos casos se les pagó con el olvido y el destierro sus servicios a la patria. Sabemos que su papel no se redujo a apoyar a sus maridos o a seguirlos hasta el frente de batalla, sino que fue mucho más activo y que en las tertulias agitaron las banderas independentistas y constituyeron una pieza clave en la campaña de guerra desde Nueva España, pasando por la Nueva Granada hasta el Virreinato del Río de la Plata.


El discurso oficial en la historiografía nos dice que la traducción de los «Derechos del hombre», formulados por la revolución francesa, hizo tomar conciencia en América de la opresión y de la necesidad de libertades. Lo que no nos dice el discurso oficial es que los «Derechos del hombre» tienen su correlato femenino y que una mujer llamada Olimpia de Gouges (1748-1793) protestó por el desprecio a los derechos de la mujer. Su encarcelamiento y ejecución por parte del despotismo jacobino demostraron el fracaso de ese intento igualitario y el largo camino que esperaría a las mujeres en el reconocimiento de sus derechos.


En ese contexto internacional debe situarse la figura de Manuela Sáenz, quien participó en la causa patriótica, no por ser la amante de Simón Bolívar, ya que antes de conocerlo se había unido a las luchas independentistas, sino precisamente por lo que él encarnaba: el sueño de unas naciones libres. Su cultura, su conciencia de una identidad americana, así como el papel que le correspondió en la construcción de las nuevas repúblicas se refleja en la correspondencia con Simón Bolívar. Y es que desde muy joven había colaborado en la campaña del Perú por lo que el general San Martín la condecoró con la orden de «Caballeresa del Sol», insignia de la nueva nobleza republicana que también le fue otorgada a otras 111 mujeres en Lima. Pero el nombre de Manuela Sáenz fue borrado por quienes estaban interesados en maquillar una historia llena de miserias que ella puso en evidencia: las conspiraciones contra Bolívar, los intentos de asesinato, la traición de sus compatriotas y las calumnias de que fue objeto por parte de sus detractores.


Manuela fue una pieza fundamental porque se enfrentó a los enemigos del Libertador cuando una fracción de su ejército se sublevó en Lima negándose a cumplir la nueva constitución. La leyenda dice que, vestida de hombre, a caballo, pistola en mano, entró en uno de los cuarteles insurrectos en defensa de Bolívar. Por todo ello hizo temblar a muchos generales que la temían y odiaban a la vez. Ella era consciente de que no se aprobaba su conducta, que hombres y mujeres se escandalizaban de sus aventuras, y se defendía criticando la hipocresía de una sociedad que, tras las buenas formas, ocultaba muchos de los vicios que señalaban en ella.



La bastarda


Fruto de una relación adúltera, Manuela Sáenz nace en Quito en 1797 en momentos de gran convulsión social e incluso de sacudimientos telúricos que presagian lo que ocurrirá años más tarde con la rebelión de las colonias. Un terremoto sacude la región desde la ciudad de Popayán, en el entonces Nuevo Reino de Granada, hasta Quito. Con 60.000 habitantes, la ciudad de Quito vive bajo la influencia francesa y hasta allí llegan los ecos de la revolución. Viajeros como Mutis, La Condamine y Humboldt, que fue recibido en Quito por el marqués de Selva Alegre, amigo de la familia de la madre de Manuela, afín a la causa independentista, dejan su impronta en la juventud harta de un sistema de privilegios que excluye a los criollos. Al otro lado del mar, los jesuitas, expulsados por la corona española, azuzan desde el exilio y agitan las conciencias, en tanto que la masonería prepara la estrategia continental que tiene como meta la independencia de América.


Los padres de Manuela son los españoles Simón Sáenz y Joaquina Aisparú, representantes de la aristocracia colonial. La educación de la niña se encomienda, pues, a las monjas, con quienes es enviada a los once años. Pero de allí se escapa a los diecisiete con un joven oficial, dejando una estela de murmuraciones. Sobre ese episodio se corre un tupido velo cuando el padre la casa con el comerciante inglés James Thorne. Sin embargo, en Quito se decía de ella: «Es lo que cabía esperar de una bastarda».


Manuela, que creció viendo luchar a sus parientes por causas opuestas, presenció en su infancia la ejecución de muchos de los patriotas. Tales circunstancias, sin duda, desarrollaron en ella un sentimiento antiespañol, unido a un anhelo de independencia, así como una conciencia americana que se refleja en estas palabras suyas de protesta cuando los generales se oponen a que ella y las esclavas que la acompañaron por el resto de su vida se unan al ejército:
«Los señores generales del Ejército Patriota no nos permitieron unirnos a ellos; mi Jonathás y Nathán sienten como yo el mismo vivo interés de hacer la lucha, porque somos criollas y mulatas, a las que nos pertenece la libertad de este suelo...».


Pero la sociedad quiteña, a la que pertenecía, reparó más en sus faltas que en sus cualidades morales y en su talento. El historiador Alfonso Rumazo González reacciona contra el estigma que distorsiona su imagen, ofreciendo un perfil más ajustado. Para él, Manuela era «una mujer [que] se conducía en la hora difícil en la misma forma que hubiera procedido el Libertador. Le sobraba genio; sólo faltaron hombres que la secundasen». Sin embargo, en las memorias del general O'Leary se suprimió el volumen donde se habla de los amores de Bolívar y Manuela, exactamente el volumen 56 titulado «Correspondencia y documentos relacionados con la señora Manuela Sáenz, que muestra la estimación que en ella hacían jefes y particulares y la parte que tomaba en los asuntos de la política». Estas páginas desaparecieron de los archivos de Santafé de Bogotá. Solo quedaron los rumores y un silencio que se rompió con la publicación de las memorias del francés Jean Baptiste Boussingault en 1897, quien le dedica unas cuantas páginas.


La hembra voraz



Pero si hubo una campaña en contra de ella, también hubo otra a favor de esclarecer los hechos y ofrecer una imagen más contrastada, especialmente a raíz del escándalo que se produjo con la novela del escritor venezolano Denzil Romero, La esposa del Dr. Thorne, con la que obtuvo el Premio La Sonrisa Vertical 1988 en España. La novela ofrece la imagen de una hembra ambiciosa, arrogante, impulsiva y de extraordinaria voracidad sexual. Romero crea un personaje lascivo e insaciable, el mismo que se construyó a base de rumores.


Obviamente existe una mitología en torno a los próceres de la independencia que se derrumba cuando desentrañamos sus biografías. Pero este también es otro tema; prefiero centrarme en los discursos que nuestra tradición ha formulado en torno a Manuela Sáenz: calumniada, anatematizada, perseguida y proscrita, envidiada, deseada, repudiada y desterrada. Su destino de heroína es trágico. Enferma, inválida y atacada por la peste difteria, muere en 1857 en el olvidado puerto de Paita, en el Pacífico. Allí es enterrada en una fosa común, junto con todos sus recuerdos, cartas y documentos. El testimonio de su vida se redujo a cenizas como una medida de higiene, y también como una venganza del tiempo, que le cobró cara su osadía: su ejercicio de la libertad.


Manuela era una mujer de amplios horizontes por encima de las convenciones sociales. Había crecido en una hacienda, lejos de la ciudad, en contacto con la naturaleza, donde aprendió a montar a caballo a horcajadas para escándalo de la servidumbre. El sentido de la libertad, el placer por la aventura y el riesgo, la sensualidad y la reciedumbre de carácter son los rasgos que ciertos biógrafos le asignan, pero Denzil Romero, haciéndose eco de la leyenda, ofrece otra imagen. Según él, su carne es como «lava no eructada», la lava de todos los volcanes que ofrece la tierra ecuatoriana. Ella es la mujer «personuda», la «varona» satánica que a hurtadillas aprende a fumar... y al ser infecunda se le considera una «machorra». En cambio, el colombiano Víctor Paz Otero en La otra agonía, la pasión de Manuela Sáenz (2006) le da la oportunidad de expresarse en una novela escrita en primera persona: «...yo puedo proclamar y reclamar para mi pequeña e inadvertida gloria, el orgullo de haber sido libre, tanto en la vida como en el amor» (pp. 70-71). Víctor W. Von Hagen sostiene la misma idea: «Había en ella algo muy libre, casi descocado; sin embargo, las manos bellas y cuidadas uñas, que sostenían levemente las riendas, mostraban los ahusados dedos de la dama. Eran manos capaces de acción. Dos enormes pistolas turcas de bronce, amartilladas y preparadas para su uso, estaban enfundadas en sendas pistoleras a la altura de las rodillas. Era fácil leer el nombre en las culatas de bronce: Manuela Sáenz» (p. 16). En cambio, para Santander, el enemigo de Bolívar, «la Sáenz», como afirmaba desdeñosamente, solo «era una ramera».


Pese a la campaña de silencio, de Manuela se supo en Europa, donde también se alimentó una leyenda impregnada de exotismo, como todo lo nuestro. Personalidades que la visitaron en el declive de su vida, como Melville o Garibaldi vieron en ella «una reina». Esto indica que más allá de las adversidades se imponía una gran personalidad. El escritor peruano, Ricardo Palma, que le dedica unas páginas en sus Tradiciones peruanas, dirá que era «una mujer-hombre», «una mujer superior»; para las tropas, «la Generala»; para los campesinos de las aldeas por donde pasa el ejército libertador, «una marimacho».


Victor W. Von Hagen en Las cuatro estaciones de Manuela (1953) resume así las circunstancias de su vida:
Manuela había mantenido a Quito en agitación durante toda su primera juventud; había sido un torbellino. Tenía un genio manifiesto para descubrir las debilidades humanas [...] Nunca había sido humilde ni mostrado el recato de la doncella. Era agresiva, decidida y voluble: alegre, sensible, de genio vivo y valiente según soplara el viento.


Desde luego, se comprendía la razón de todo esto: era un ser al que nadie aceptaba, una bastarda, sin posición alguna en la sociedad. Pero ella era en realidad una dama de sociedad, conspiradora y revolucionaria. En resumen, en Manuela todo fue piedra de escándalo, desde su nacimiento hasta sus primeros amoríos, su matrimonio con el inglés y su relación adúltera con Bolívar.


El destino haría coincidir a Manuela Sáenz y Simón Bolívar en Quito, donde él sería recibido como un semidiós. Se conocieron en casa de Juan Larrea, quien celebró con una fiesta el día de su entrada triunfal el 16 de junio de 1822. Ella tenía 24 años y él tenía 39. Si él era «un hombre con una imaginación poderosa, gran sentido de la organización, de la estrategia en proyectar campañas, con un conocimiento de los hombres, y hábil a la hora de atraerse seguidores fieles», ella sabía escuchar a las gentes del pueblo, ganarse voluntades y adelantarse a los hechos.


Tras conocer a Bolívar, Manuela regresa a Lima con él, abandonando a su marido. Allí nos dicen que: «las damas se sentían escandalizadas hasta las puntas de sus chapines de baile, porque tenía el mismo poder que la consorte del virrey». En respuesta a las críticas de las mujeres, ella les echaba en cara su conducta poco ejemplar.


Mujer vestida de hombre



La leyenda le asigna a Manuela el título de Libertadora del Libertador por haberle salvado la vida a Bolívar la célebre noche de septiembre en Santa Fe de Bogotá cuando este debió ocultarse debajo de un puente para escapar de sus asesinos. Pero ella fue más que su guardaespaldas, como lo demuestra esta carta en la que lo anima a crear la república de Bolivia:
Un pueblo agradecido con su espada y su voluntad de usted, puede ser el abono más extraordinario para que fortalezcan la justicia y las instituciones republicanas. He recogido de manera reservada algunas opiniones de la gente que le es fiel, y comparten el entusiasmo de ver nacer un estado con su nombre, que tenga de usted el amor irrefrenable por la libertad. Permítame ayudar a multiplicar la libertad y juntos habremos logrado procrear una hija, que sólo usted y yo, sabremos es el producto de este sentimiento que desafía la barrera de los tiempos. Ahora, que ya lo sabe, repréndame con indulgencia y con la dulzura con la que corrige los desvaríos de pueblos que aprenden a vivir su independencia. Su enojo será la mejor prueba que la Historia se construye con locuras de amor y de coraje. Y yo, veré nacer una hija que mantendrá en la eternidad mi tributo de reconocimiento a usted, gestado entre los nueve meses que están pasando desde el triunfo de Ayacucho y el primer aniversario de Junín.


Esta carta, impregnada de una profunda conciencia americana, nos indica que no sigue a un hombre sino a un ideal. Ataviada con ropas militares, armada y a caballo emprende la campaña escalando la cordillera. Con el grado de coronela, Manuelita se instala en Lima, donde se comentaba que se comportó con mucha imprudencia (pues se rumoreaba que tenía amantes y Bolívar lo ignoraba) y el odio hacia ella crecía tanto que fue desterrada de la ciudad.


Manuela partió rumbo a Santa Fe de Bogotá llena de temores porque sabía que allí también había una conspiración en contra del Libertador. Seis años vivió en un ambiente de maneras corteses, bajo las cuales se ocultaba la traición. Allí escandalizaba a las mujeres y a los hombres con su indumentaria, atentando contra las costumbres en la capital de la Nueva Granada, donde se procedía lo mismo que en Quito y Lima, solo que Santafé de Bogotá era una ciudad más pequeña. Además, las tensiones se agudizan porque el presidente, Bolívar, y el vicepresidente, Santander, no se entendían. Pese a todo, Manuela se convirtió en el centro de atracción de esa sociedad. En las tertulias que organizaba era acogedora, sabía escuchar y gratar; también era alegre y de una generosidad ilimitada. Bolívar, en cambio, era demasiado confiado, tanto que no llegó a imaginar que se atentara contra su vida.


Héroe / heroína



Bolívar fue el primero en reconocer el talento de Manuela. En carta al general Córdova, le recuerda a este el respeto que se merece: «Ella es también Libertadora, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía y valor, sin que usted y otros puedan objetar tal. [...] De este raciocinio viene el respeto que se merece como mujer y como patriota». Lo importante para Bolívar es que Manuela no deseaba nada para sí y por tanto no le traicionaría; por eso cada vez se fue confiando más a ella, hasta dejarla encargada de su archivo.


Algunos biógrafos nos dicen que era una mujer derrochadora que ofrecía fiestas espléndidas agasajando en abundancia a los invitados y luciendo costosos trajes que se mandaba hacer, tomados de modelos de revistas francesas. Pero no lo hacía por frivolidad, sugiere Von Hagen, ya que con ello «estaba ampliando su papel», «estaba influyendo en las opiniones de hombres que tenían importancia para Bolívar». Debajo de sus «locuras» había algo diferente. Al final, aclara: «... todos, demasiado tarde, que la habían juzgado mal», pues «...aquella extravagante conducta era una fachada para ocultar las verdaderas intenciones, las manipulaciones políticas en favor de los ideales de Bolívar». Ella era capaz de medir el ánimo en las distintas capas sociales, ya que sus criadas le traían noticias de las gentes del pueblo. Las mujeres culpaban de la carestía de la vida a Bolívar. Los soldados estaban descontentos por las pagas atrasadas. Los comerciantes se quejaban de ver caer sus negocios, la aristocracia de la pérdida de sus privilegios, los intelectuales de los frenos de la dictadura: «No habrá libertad mientras Bolívar viva», decían todos.


En ausencia de Bolívar era ella quien despachaba la correspondencia con los generales y medía la temperatura moral del ambiente. En un entorno predominantemente masculino y cargado de prejuicios, la vemos desenvolverse, consciente de su papel en la historia, como madre / padre de la patria a la vez. Obviamente, tras la muerte de Bolívar, se le cerrarán todas las puertas, incluso las de su ciudad natal.

 Así la vemos asediada por unos, criticada por otros, y en el ocaso de su vida Manuela se refugia en Paita, ante la inmensidad de un océano, llamando a sus perros con los nombres de los enemigos de Bolívar. Acaso para conjurar los males se valió del humor, como suelen hacerlo quienes son capaces de estar por encima de las mezquindades humanas. Quizás estos versos de Pablo Neruda, incluidos en el Canto General, sean el más bello homenaje a lo que fue su vocación americana: «¿Quién vivió? ¿Quién vivía? ¿Quién amaba? / ¡Malditas telarañas españolas! / En la noche la hoguera de los ojos ecuatoriales, / tu corazón ardiendo en el basto vacío: / así se confundió tu boca con la aurora. / Manuela, brasa y agua, columna que sostuvo / no una techumbre vaga sino una loca estrella. / Hasta hoy respiramos aquel amor herido, / aquella puñalada de sol en la distancia» (Pablo Neruda, «Retrato», La insepulta de Paita).