la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


40 años sin Violette Leduc, "la bastarda" que era un "desierto que monologa" será interpretada en cine por Emanuelle Devos; Thérèse and Isabelle en Gran Bretaña; entrevista a Leduc







La Bastarda es la obra culmine de Violette Leduc, novela autobiográfica, desgarradora, sublime y bella, que le abrió las puertas del éxito y la saco de la  miseria. El prólogo fue escrito por su amiga Simone de Beauvoir y comienza con una carta que Violette le envió donde decía: “Soy un desierto que monologa”. 

Violette murió el 28 de mayo de 1972. A 40 años de su muerte el mundo literario es un monólogo desierto.










Martin Provost prepara filme sobre  Violette Leduc con Emanuelle Devos



El director francés que ganó 7 premios Cèsar con su pelìcula 
Séraphine, también convocó a Sandrine Kiberlain
para hacer el papel de Simone de Beauvoir 
El rodaje comenzará en septiembre


Martin Provost vient de sillonner le plateau de Millevaches en quête de lieux de tournage pour son prochain film, Violette, consacré à Violette Leduc et à Simone de Beauvoir. Martin Provost, pour tout cinéphile, c’est d’abord Séraphine, un film qui a obtenu sept Césars du cinéma en 2009, dont celui du meilleur réalisateur et celui du meilleur film. Depuis, il y a eu Où va la nuit?? Demain, ce sera Violette dont le tournage débutera en septembre prochain, probablement au cœur du Limousin.



Fidèle depuis toujours au Limousin
Martin Provost connaît bien le Limousin, une terre à laquelle il est fidèle depuis l’enfance. Sa famille maternelle est issue de Davignac où vivaient ses grands-parents. Martin est marqué à tout jamais par les souvenirs liés à cette bourgade corrézienne. Des années après il a renoué durablement avec le Limousin en se rendant chez son amie de toujours Micheline Presle alors qu’elle venait d’acheter une maison de village, sur la commune de La Nouaille, à une quinzaine de kilomètres de Felletin.
« J’ai aidé Micheline à s’installer. J’ai retrouvé toutes les odeurs de mon enfance. Pendant des années, je suis venu au Montfranc, seul ou avec Micheline. Je prenais plaisir à me baigner à Lavaud-Gelade, à être simplement dans ces paysages que j’aime ».
Martin Provost qui, après quelques courts-métrages et Tortilla y cinéma, a tourné Le ventre de Juliette en 2003, a retrouvé, dès les années 1980, dans le sud de la Creuse, Nathalie Baye, Claude Miller, Luc Béraud, Jacques Bonnaffé et d’autres professionnels du grand écran. Il est devenu l’ami de leurs amis, en l’occurrence l’Aubussonnais Jean-Pierre Saint-Rapt et de sa femme. 
Il a pris ses habitudes dans le Sud creusois mais sans se résoudre pour autant à acheter de maison. Martin manie la caméra mais aussi la plume. Il a signé un roman de famille dans lequel il se dévoile (Léger, humain, pardonnable, disponible depuis peu en collection de poche au Seuil) et quelques autres ouvrages. Il aime aussi la scène, pendant sept ans il a été pensionnaire à la Comédie-Française. 
Lui, le Breton (il est né à Brest en 1957) qui vit en région parisienne (où Micheline Presle l’a rejoint depuis quelques années) et qui est amoureux du Sud creusois, est fidèle à sa ligne de conduite. Il veut croire au merveilleux, il est désireux de questionner les vies de femmes inconnues ou méconnues.
« C’est mon éditeur, au Seuil, René de Ceccatti, qui m’a fait découvrir un texte splendide de Violette Leduc. Je n’avais jamais rien lu d’elle ».
Martin Provost a établi un parallèle avec Séraphine, une inconnue qui, dans un univers clos, a œuvré pour la libération de la Femme. Violette Leduc s’est livrée au même combat mais en se confrontant à toutes les expériences.



 Foto: Henri Cartier-Bresson 1964

Début du tournage en septembre
Ce film sur Violette Leduc s’inscrit dans la continuité des précédents, en particulier de Séraphine. Il constituera le deuxième volet d’une trilogie à laquelle le cinéaste travaille (il n’a pas encore arrêté son choix pour le troisième personnage qui sera issu de la littérature, de la peinture, des arts en général).
Martin a donc eu un choc en lisant Trésors à prendre que Violette Leduc a publié en 1960.
« Elle relate son seul voyage. Sur les conseils de Simone de Beauvoir, sac à dos, elle a traversé le Massif-Central. Elle se fait violer dans la Drôme. Ce périple lui permet néanmoins de découvrir la nature, ce qui sera fondamental pour elle. Alors, j’ai immédiatement pensé à tourner mon film sur le Plateau de Millevaches. Je me sens totalement d’ici ».
Le cinéaste, accueilli par Jean-Pierre Saint-Rapt, accompagné de son assistante Juliette Maillard, vient de sillonner le secteur à la recherche de lieux de tournage. Il poursuit sa quête (voir par ailleurs). Il a presque arrêté son casting. Ce film qui tourne autour de Violette Leduc et de Simone de Beauvoir sera interprété, pour les deux rôles principaux, par Emmanuelle Devos (Violette) et Sandrine Kiberlain (Simone). Le tournage débutera le 10 septembre, sans doute dans le Limousin, il se poursuivra à Paris avec quelques jours également dans le Midi.


©Robert Guinot
Francia
Abril 2012





 

La letra bastarda por Aurora Venturini 
Página 12, Buenos Aires 2009


Violette Leduc (1904-1972), admirada por Simone de Beauvoir, Sartre, Camus y todo el equipo existencialista y moderno de la París de los sesenta, nunca dejó su sino trágico, ni en los gestos ni en la escritura. La asfixia, La mujer del Zorrito, La bastarda y Taxi son algunas de sus novelas que no por caídas en el olvido dejaron de ser imprescindibles.

Por  Sus herramientas son las novelas en las cuales campea el fantasma de una madre a quien trató de seducir, o al menos de agradar, en vano. A lo largo de unos relatos que le acaparan todo, intenta cavar hendedura en el muro de piedra con que el mundo la cercó a la perfección, para evitarla.

Toda la obra de esta mujer nacida en un pueblito francés en 1904, y que se sofocó con la trágica humareda de dos grandes guerras, va inmersa en la amargura de despedida. La relación de Violette con el universo circundante es neblinosa, siempre tan tétrica. Su escritura parece ser la de una vacuidad, de esas que van llenas de fingidas alegrías, amaneramiento contagioso. Les teme a los amores, desconfía de las amistades, se teme: 

“Mi madre no me ha dado nunca la mano... Me ayudaba a subir, a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro, allí donde las costuras de la manga es fácil de asir”, dice su personaje en La asfixia, historia de su infancia dolorosa. 

No obstante, Violette Leduc aparentaba un ser ligero cual paloma, oscura paloma, eso sí. Resulta que luego de sufrir dos espantosas guerras, era necesario aceptar cualquier margen viable a la posible sobrevida. 

“La tumba no será, pues, bastante profunda para tragarse a esta muchacha... Suspira con tanta convicción que descansa sobre la almohada de todos los que duermen en una ciudad muerta. ¿En qué mundo recuerda que descansar dejándose flotar es más agradable que dormir?”, así describe a su personaje en La Mujer del Zorrito, que una vez más, advertiremos, no es otra que ella misma cargando con la pobreza de la posguerra. La mujer va a todos lados acompañada de un miserable cuello de piel que usa todos los días y que posee como el mayor lujo desde el día en que lo levantó de un basural. El zorrito que se muerde la cola mediante un broche y que la mira con sus ojitos de vidrio la obnubila. Ella lo ama y le conversa sumergidos ambos como objetos sombríos en un abandono. Ha llegado a jurarle fidelidad eterna. La Mujer del Zorrito es una autobiografía en cien páginas escritas con suficiente maestría como para contener un mar de penas y no desbordarse nunca. La fatalidad de haber nacido sin ser esperada no se va nunca. Violette pide limosna con su zorrito al cuello:

 “...He pedido limosna y qué te importa. Un estómago no es una regla de gramática, aceptemos lo que venga de donde venga”. 

El ruinoso animalito la acusa de haber intentado venderlo, y es verdad, sólo que nadie se lo quiso comprar sino que “se retorcieron de risa”. La dueña infiel y hambrienta tramó ganar una montañita de oro con esa venta. Ahora le pide perdón al zorrito y lo declara tesoro invalorable. El chal de piel al que ella llama “mi angelito” la domina, ya no piensa en venderlo y sabe bien que no se lo comprarán, los ensueños no tienen precio. Su angelito duerme, el hocico estirado, en paz con sus largas carreras por la naturaleza. Dormirá siempre. Ella lo llevará siempre en torno a su cuello. Se lo pone, lo acaricia y él la reconoce. “Duermen un sueño profundo. No oyen el estruendo del Metropolitano ni las puertas que se cierran”.

Veo todavía a Violette Leduc en la Estación de Strasburg y en Saint-Denis; en el departamento frente al Luxemburgo; andando por las ramblas arboladas,barriales de Viarnes y de Belloy; eran los senderos góticos de ojivas que formaban, al tope, las copas de la arboleda el material de su literatura. Violette figuraba una altísima criatura portando una cartera azul de paja y vestida por Chanel. Todavía sufría de malquerencias antiguas y vejaciones. Ya en plena madurez podía parecerse a una tía delgadísima que ironizaba sobre ella misma con mucha gracia: “vista de atrás, soy liceo, vista de adelante soy museo”. Vista desde lejos parecía joven porque nunca engrosó. Violette admiraba a la pareja formada por Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Su modo obsesivo de vivenciar el entorno la llevó a suponer que Jean Paul la perseguía, bella locura que no fue... Fue una parisienne, una hija de París irreductible. De otra ciudad no hubiera podido brotar el prodigioso genio de los ingenios de la autora de La bastarda, vayan a leerlo, es otra vez ella misma, uno de los libros más tremendos que existen todavía.


©Aurora Venturini
Buenos Aires
4 de diciembre de 2009





 Thérèse and Isabelle






Thérèse and Isabelle by Violette Leduc /  Nicholas Lezard
The Guardian, febrero 2012




The art of writing about love


 "Such affairs as the book describes happen; they are 
part of what makes people the way they are."  




I was tempted, at first, to start this review with some clunking irony along the lines of "Like most men, I have no prurient interest whatsoever in contemplating a highly sexual love-affair between two pupils at an all-girls' boarding-school, so the subject matter of this novella held little appeal ..." But having read Thérèse and Isabelle and been deeply moved by it, I don't think it appropriate to make jokes; and the impulse to have done so might in itself be a side-effect of the pornification of culture, or at least of myself.

Then again, it was horror and fear on the part of the publishers which kept this work, first written as the opening section of Leduc's novel Ravages (1955), unpublished in its original form until 2000 – and in French, at that. Leduc, a friend of Simone de Beauvoir (who also had a crush on her), had spent three years writing Thérèse and Isabelle – and it shows, in a good way. So when Gallimard said, in effect, "no way" in 1954 ("impossible to publish openly," said Raymond Queneau, of all people), Leduc nearly had a breakdown. The publishers had, in De Beauvoir's words, "cut her tongue out," and although the work was reshaped and inserted, piecemeal, into subsequent books (and circulated in a private edition among friends), it hasn't appeared in English before this edition.


It's a brave thing to do, and if there's one good side-effect of prurience, it's that in the pursuit of something rude, good art can be discovered. (I remember being steered to Les Biches as a teenager by someone who had heard it was full of dirty stuff; I ended up discovering the genius of Chabrol early.) And Thérèse and Isabelle is, unquestionably, great.

And its interest in the sexual side of things is crucial. Such affairs as the book describes happen; they are part of what makes people the way they are; and so they have to be written about. In this country, we have a particularly immature attitude to this kind of thing: just look at the smirking adolescence betrayed by the inaugurators and keepers of the flame of the Bad Sex Awards, a prize whose point has always been unclear to me – is it for good writing about bad sex, bad writing about bad sex, or bad writing about good sex? (The main point of the prize, it seems, is that some things simply should not be written about.)

So here we have extraordinary writing about sex; and, more importantly, about love, and the way it makes us feel. "Now is a night of obstacles. Her smell belongs to me. I have lost her smell. Give me back her smell." Who has not felt like that, as the odour of the beloved evaporates from the sheets? "'I wish you would look at me when I'm looking at you,' she said behind me." Who has not felt a similar kind of possessiveness? "It's too stupid. A moment ago we understood each other." Who hasn't sometimes been astonished at the vertiginous nature of love, the way it is an unstable equilibrium, a magical but precarious balancing act? And: "My eyebrows brushed her eyebrows. 'It's incredible the way I'm seeing you,' she says." I don't think I have ever read physical intimacy better described, or evoked. (One thing that comes across pretty quickly is that this is a damned fine translation, that can't have been easy to pull off; and dispels any misgivings that the translated quote in the press release, from Libération, inspires: "Violette's prose, hirsute and grasping as always, throws itself into faces more spiritedly than today's provocateurs ..." Eh?)

So we are, in fact, a long way from pornography, although perhaps not too far from what pornography (written pornography, that is) tries to do: which is to make us believe in plausible minds behind the genitals, so that there is some agency behind the act. Anaïs Nin, obliged to write porn to make ends meet, had a natural instinct to make it more "artistic"; here, the art is the point. And it's funny how the people who do this kind of thing best are the French.


Gran Bretaña
febrero 2012 





Violette Leduc: La Locura ante todo


Leduc, Violette. La locura ante todo. 
Argentina. Sudamericana, 1973.
Traducción de Estela Canto. 
La autobiografía que Violette Leduc comenzó con La Bastarda llega a su conclusión con un libro todavía más apasionado y desgarrado que se abre en el año 1944 y se cierra poco antes de la muerte de la autora.

 La locura ante todo cuenta la amistad de la autora con Jean Cocteau, Jean Genet, Simone de Beauvoir, y se cierra con una dramática confesión literaria:
 "¿Y la literatura? Me abruma... Estoy cercada; escribo lo que he vivido.
 Doy relieve a dramas convertidos en naderías con los años... 
Escribir es dar nuestro calor. He dado mis manos tibias a una sierra de metales en una quincallería... 
Escribir es prostituirse. Es coquetear, es venderse. Es tal vez algo peor: la prostituta no siente nada... 
Escribir es empapar la pluma en agua de mar el primer día de vacaciones. 
Todo el mundo ve el cielo, todo el mundo es escritor. 
Lo demás son juegos de espejos... 
¿Escribir o callarse? 
Escribir la palabra imposible en la curva de un arco iris. 
Todo estaría dicho."
Violette Leduc, La locura ante todo

 ©Canuto Libros